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Despiertan los colores.

Arriesgados Lectores...

28 febrero 2012

Patrullas


    Tantas horas de patrulla nocturna solo conducen al aburrimiento.
   Nico y Diego eran compañeros desde la academia, superaron juntos la oposición al Cuerpo Nacional de Policía y fue cosa del destino o del azar que les tocara en la misma comisaría. Era conocida como el “Spa”, por ella transitaban casi todos los novatos como “premio” a sus esfuerzos. Una comisaría “relajada” cuyo radio de acción estaba intensamente habitado de camellos de poca monta, prostitutas multirraciales “protegidas” por una especie de “Cogotesgold”, llamados así por la cantidad ingente de este metal que lucían en sus cuellos blancos, negros o mestizos, sin distinción. Locutorios donde se hablaba cualquier lengua por extraña  que fuera y lo que era peor, desconocidas para la mayoría de los agentes, que una vez recalados en esa vorágine, se percataban que toda la vida peleándose con el inglés y éste ya no era suficiente.
   Los coches de alta gama eran la tónica general  en un lugar donde las casas desvencijadas eran mayoría. Cartones y hojalatas sustituían a puertas y ventanas y las calles eran improvisados basureros y plantas de reciclaje a la vez. Lo que a unos les sobraba, otros lo necesitaban.
   Aquella noche estaba siendo especialmente tranquila. Diego conducía el coche patrulla mientras calculaba mentalmente cuantos días faltaban para cobrar. Nico por su parte, se ofuscaba escuchando los comentarios de un periodista deportivo sobre el partido de ayer donde su equipo, con mucho mérito, había perdido ante su eterno rival. Se reclinó con ademán de cambiar de emisora mientras mencionaba de manera especial a la madre del periodista, cuando la voz del agente Cernuda, desde la centralita, le retornó a la realidad abandonando ese trance futbolero en el que se encontraba inmerso.
-          Patrulla 1-5-3, posible 3-0-5 en la C/ El Infortunio nº 13- 2º piso.
-          Vamos para allá- contestó Nico  accionando las luces intermitentes y la sirena rompiendo la oscuridad y el silencio de la noche.
   Tocaron a la puerta.- ¡policía, abran!- un silencio excesivo les dio la bienvenida. Al final del pasillo una puerta se abrió mínimamente y rápidamente se cerró con temor.
De nuevo - ¡policía abran, si no lo hacen nos veremos obligados al derribo de la puerta!
   Ya se disponían a hacerlo, cuando un chasquido seco y mudo la entreabrió. Tras ella, la figura de una niña de no más de cuatro años les abofeteó el rostro. Nico se quedó anclado en el descansillo porque tuvo el presentimiento que en aquel mar abierto que surgiría tras aquella puerta no habría calma, solo tempestad.
   Diego reaccionó diligente y cogiendo a la niña en brazos gritó:- ¿hay alguien? ¡policía conteste!. La niña le musitó al oído: - mami está dormida en la cocina-. Un escalofrío deambuló  por la espalda de Diego presagiando nada bueno. Se adentró buscando la cocina y unos goterones repartidos por el suelo le revelaron el camino. 
Tantas horas de patrulla nocturna también conducen al dolor estéril.  

Glosagon.