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Despiertan los colores.

Arriesgados Lectores...

17 abril 2012

¡Sabrosón!

Allí estaba como cada miércoles, en el centro de mayores de su barrio, entre las once y las doce del día, esperando a que comenzara su clase de baile latino.
   Vestido con ropa cómoda y las deportivas que le regaló su hija, la misma que sin su consentimiento le apuntó a aquellas clases.
-          Papá, debes de hacer más ejercicio-, le recriminó –  y también más vida social, solo bajas a jugar la partida al bar de Justo y luego, otra vez a casa a leer la prensa y a ver la tele. Eso no puede ser bueno, debes buscar alguna actividad más dinámica, que te haga sudar.-
-          Ya sudé bastante entre los 9 y 65 años, ¿no crees?
   Su hija como casi siempre le oyó pero no le escuchó y continuó con su monólogo.
-          En el centro de mayores van a comenzar unas clases de baile latino, ¿porqué no te apuntas?, siempre te gustó bailar y hace mucho que no lo haces, hasta podrías conocer a alguien que te alegre el cuerpo.- le dijo jocosamente.
   Ismael se mantenía erguido, delgado y ágil a pesar de sus 68 años. Su pelo se mantenía fiel y no había desertado masivamente, no así su color. Su corazón era otra cosa, lo había cerrado por derribo seis años atrás, tras la muerte de Luisa, su esposa. Con su pérdida sintió que aquella  máquina jamás volvería a bombear por amor. Cada día era una concesión que trataba de pasar de la mejor manera posible hasta que llegara su final.
   Odalys, la profesora, hizo su entrada al salón con una soleada sonrisa y unos dulzones “buenos días”.
   Aquella mujer de piel color aceituna madura, pequeños ojos negros coronados por unas aleteadoras pestañas, pelo negro, largo y recogido artísticamente en un moño, le ponía nervioso, muy nervioso.
   A cada paso de  baile su corazón se desperezaba como un viejo oso de su letargo, sentía unos aguijonazos en su estómago que le eran desconocidos pero  que le hacían sentirse bien.
   Aquella mañana, Charo su pareja de baile habitual, no asistió a clase por estar convaleciente de una gripe e Ismael  quedó desparejado.
  - Me siento y miro-  dijo entre resignado y decepcionado.  - ¡Cómo va ser papito!, vente p’aca que hoy seré yo tu par-.
   Ismael tembló cuando Odalys le cogió de la mano y se puso frente a él, cerquita y mirándole... Comenzó a sonar una cumbia y las piernas de Ismael se quedaron como anclas de buque viejo y oxidado, inamovibles.
-   No te pongas nervioso y déjate llevar, un pasito p’alante y otro p’atrás- le dijo la profesora guasona.
  Los dos comenzaron a danzar e Ismael entró en trance. Sentir aquel talle delgado y cimbreante como caña de azúcar bajo su mano, sus caderas columpiándose como un barco  entre las olas, su mirada acariciadora erosionando la de él, su muslo rozando levemente el suyo…
 Comenzó a sudar como quería su hija. Un calor irracional inundó, como un tsunami, su interior, se sintió mareado y su corazón estaba sacudido como una maraca en las manos de Machín.
- Discúlpame, me siento mal – le dijo  soltándole la mano y la cintura como si fuesen hierro candente.
Caminó rápido y ansioso hacia el vestuario mientras su corazón seguía desmelenado,  se sentó  e intentó tranquilizarse tomando el aire a bocanadas, como si fuesen las últimas antes de morir.
-¿Cómo tú te sientes?, le preguntó desde el quicio de la puerta.
- Me sentiré bien  cuando deje de verte-  le espetó él.
-Pues vas a tener mal p’a rato, porque yo no quiero dejar de verte, ¿tú sabes?
   En el corazón de Ismael se abrió un resquicio por donde se colaron corrientes de aire cálido del Caribe que a veces, traen el amor, alegrando el cuerpo y la vida también.


Glosagon.